La reflexión es la digestión del alma

Hay veces en las que me siento en mi casa con tranquilidad cuando un montón de pensamientos vienen a mi cabeza. Yo tan solo los dejo fluir, sin juzgarlos, sin que produzcan en mí ninguna clase de sentimentalismo, son como pequeños flashes que no analizo, simplemente me doy cuenta de que están ahí, y esa capacidad de verlos, ese concienciarte de su presencia, tiene una belleza increíble.

No sé si os habrá pasado que alguna vez habiendo soñado una noche con cualquier cosa,  os despertáis y las escenas del sueño se os aparecen en la consciencia…

¿No os ha ocurrido que inmediatamente otras escenas de la vida real aparecen y te das cuenta del porqué lo soñaste? Su contenido, el material onírico que da forma al sueño está relacionado con lo que viviste el día anterior y así percibes esa relación sin haber buscado premeditadamente una causa o interpretación.  Esa “chispa que surge” es el verdadero conocimiento, es espontáneo y no hace uso de ningún proceso que implicaría involucrar al tiempo.

Ver los hechos, visualizar directamente el micro-mundo sujetivo en el que vivimos, es lo que conduce al despertar de la conciencia, nada tiene que ver con el moralismo o la ética, ni con el pensamiento, el razonamiento, los análisis, todo ese intrincado mecanismo de entretenimiento, de vanidad e  inflación de egos.

Es evidente que no existe tal sencillez en la mayoría de seres humanos, la mayoría hemos sido educados para seguir a una autoridad y someternos, para elegir entre varias opciones predefinidas ajenas a nosotros y que inconscientemente tomamos por nuestras, cuando el despertar de la conciencia sería darse cuenta de que sólo hay una opción y por tanto no hay que elegir nada, no hay que luchar, ni defender nada.

Hay una frase que me encanta que dice así: “La Verdad no es, porque un grupo de personas democráticamente así lo acuerden, la Verdad simplemente es “.

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